¡FELICES PASCUAS DE RESURRECCIÓN!

 

Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor: ¡La paz del Señor sea y esté con ustedes! ¡Gracia, gozo y paz a cada uno de ustedes, fieles cristianos que peregrinan en la ciudad, en el campo, en el ciberespacio, en el presente del tiempo, por las calles y diferentes horas de la vida! ¡Felices Pascuas de Resurrección! ¡Muy felices Pascuas de Resurrección!

 

Me sale del corazón de creyente en Cristo Resucitado saludarles así. Aunque debiera ser el saludo de cada día, lo hemos reservado para el día que hizo el Señor. De este modo expresamos la profundidad y la trascendencia del más grande de todos los acontecimientos que la historia de la humanidad haya visto y oído: LA RESURRECCIÓN DE JESUCRISTO.

 

¡Éste es el día del triunfo del Señor!  Parecía que la muerte violenta era el destino final  de la persona de Jesús de Nazaret que había pasado por la vida haciendo el bien, amando a los que ya nada esperaban y bendiciendo a los que se consideraban malditos por las situaciones sombrías de la vida y maldecidos por algunos compañeros de viaje. No es así: “No está aquí, ha resucitado…” “¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo?”. La Vida- Resurrección es la palabra que el Padre ha pronunciado sobre su Hijo y sobre los que creen en Él.  El Padre ha cumplido las promesas hechas a las antiguas generaciones. Lo hemos escuchado atentamente en el corazón de la noche, en la solemnísima Vigilia Pascual.  Su Hijo ha sido glorificado. Por eso afirmamos y confesamos llenos de gozo: ¡Éste es el día del triunfo del Señor! 

 

Hoy, en este hoy en el corazón de la historia humana, escuchamos el gran anuncio (el kerigma), la gran-magnífica-buena noticia (Evangelio): Cristo venció la muerte, va delante de nosotros como Buen Pastor y vive por los siglos de los siglos.  Es el día primero de la nueva creación. El día feriado por excelencia. El día que colma de esperanza todos los días del ser humano, de todos los tiempos. Por eso es el día del Señor, el domingo de los domingos, y, por tanto, nuestro día si aceptamos que el Señor Resucitado sea nuestro Señor.

 

“Ha resucitado e irá delante de ustedes a Galilea”. El Señor Jesús vive y va delante de nosotros en el camino de la vida. Es más, Él es el Camino, la Resurrección y la Vida. Con Él ya no hay pierde en la vida. Su resurrección es la garantía que el amor es más fuerte que el desamor y la muerte.  Que el amor todo lo puede y todo lo transforma: las sombras en luz, el pecado en perdón, el sufrimiento en oportunidad de crecimiento, el dolor en comprensión, las cruces en gloria, la muerte en sueño y tránsito a la Vida eterna. El Señor es el primogénito de toda creatura y va delante de nosotros en el recorrido por nuestras Galileas rumbo a la Jerusalén del cielo. El Amor de Dios no tiene ningún límite y, por la Pascua de Jesús, llega a todos los que lo aceptan y viven. Con Él, en Él, por Él, ni la tumba, ni la urna funeraria son el domicilio final del ser humano.

 

Hoy es el día de fiesta por excelencia, día de alegría y de gozo para todos los creyentes en el Señor Jesús. Que este día que hizo el Señor nos renueve, enraíce cada vez más nuestra esperanza y alimente nuestra confianza en que el proyecto de Dios es siempre de salvación e infinitamente mejor que los que nosotros hacemos, muchas veces,  al margen de su presencia amorosa, usando mal –como el hijo pródigo- nuestros ensayos liberales, libertarios y libertinos.

 

Esta Vida Nueva y Vida Eterna, ya enraizada en el tiempo, es lo que estamos invitados a anunciar  de casa en casa,  persona a persona, hasta el fin del mundo, hasta el fin de los tiempos. Ésta es la misión de la Iglesia, nuestra Iglesia que, en plena cuaresma, ha anticipado las fiestas de Pascua con la elección y envío del Papa Francisco. En efecto, sus gestos sencillos y cercanos son Buena Noticia y nos transmiten buenas noticias: Dios dirige la historia, la Iglesia es de Dios, somos pueblo de Dios en marcha, enviados para ser fermento de vida en un mundo que envejece cuando se aparta del camino de la fe en el Resucitado. 

 

No olvidemos que la misión de la Iglesia es anunciar el Evangelio del Resucitado hasta que fermente y transforme todos los recovecos de nuestra cultura. Nos hemos propuesto renovar el proceso pastoral de la diócesis de Zacatecas  para avanzar en la misión de nuestra Iglesia. Renovar, renovación, renovado deben pasar de ser palabras a experiencias de la vida en el Señor Resucitado. Cuando dejamos que el Señor Resucitado entre en nuestra vida, todo es nuevo, nueva creación, creaturas nuevas, hombres nuevos, mujeres nuevas, estructuras nuevas… y lo que se acumule en el tiempo.

 

Durante cincuenta días -siete semanas, el tiempo litúrgico de Pascua-, celebraremos con especial gozo pascual, el día que hizo el Señor. Cuando encendamos o veamos un cirio, recordemos que es  símbolo del Señor Resucitado y representa su presencia viva en las diversas situaciones de la vida. Cuando escuchemos su Palabra y celebremos los Sacramentos, aceptemos que es el modo como los frutos de la Pascua del Señor Jesús llegan a nosotros, desde el nacimiento hasta el tránsito de este mundo a la eternidad. Cuando fijemos la mirada del corazón en tantos y tantos gestos y acciones de amor-caridad, cantemos aleluyas al Señor: son frutos visibles de la Pascua, hay vida nueva, el mundo se está transformando, son el pasado, el presente y el futuro del Resucitado.

 

Con un abrazo fraterno, lleno de gozo pascual.

 

 + Sigifredo Noriega Barceló

Obispo de Zacatecas

@signorbar
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Abril de 2013 ©Diócesis de Zacatecas