25 EN 150

 

No se trata de poner una tarea como ensayo para resolver con excelencia los próximos exámenes de matemáticas. Tampoco de un amor desmedido por los números, o el deseo malsano de enredar a los incautos. Se trata, más bien, de ubicar en el tiempo de la Iglesia diocesana la bendición que ha sido nuestro SEMBRANDO. 

 

Los últimos veinticinco años. Hace cincuenta años (otra vez los números), cuando se reunía la Iglesia en el Concilio Vaticano II, el teólogo Yves Congar decía “el futuro se incuba en la espera, cuando la semilla, una vez depositada, saca un brote y crece…, lo esencial es haber sembrado la semilla”. El buen cristiano Congar se refería al futuro que iba a tener el Concilio en una Iglesia que estaba aprendiendo a mirar con nuevos ojos los desafíos que el mundo moderno le lanzaba con feroz rapidez. Sabemos que la semilla estuvo bien sembrada, ha sido cultivada y ha producido bastantes frutos. Algo parecido podemos decir de nuestro SEMBRANDO cuya semilla fue sembrada hace muchos años, nació, creció, dio sus frutos y…, parecía que moría. Pero hace, precisamente veinticinco años, brotó de nuevo con más vigor y ahora disfrutamos sus abundantes frutos de compartir la fe, con sus historias de cada día y en cada comunidad cristiana de la diócesis. Ha sido un efectivo medio para comunicarnos como Iglesia peregrina, siempre en construcción.

 

Los próximos veinticinco años. Es futuro y no sabemos cómo será nuestro SEMBRANDO para el año 2038. Lo que sabemos y está en nuestras manos es que va a tener el gran reto de acompañar a nuestra Iglesia diocesana en el camino hacia los ciento setenta y cinco años. Entonces serán 50 en 175 y más. Siempre es Pascua, siempre es Pentecostés. La palabra clave de Pentecostés es la posibilidad de la novedad permanente en la vida del cristiano en el mundo. Gracias al Espíritu Santo, señor y dador de vida nueva todos los días. En una parte de la homilía de Pentecostés 2013, el Papa Francisco nos decía, como buen pastor que conoce los miedos de sus ovejas respecto al futuro, que “la novedad nos da siempre un poco de miedo, porque nos sentimos más seguros si tenemos todo bajo control, si somos nosotros los que construimos, programamos, planificamos nuestra vida, según nuestros esquemas, seguridades, gustos. Y esto nos sucede también con Dios. Con frecuencia lo seguimos, lo acogemos, pero hasta un cierto punto; nos resulta difícil abandonarnos a Él con total confianza, dejando que el Espíritu Santo anime, guíe nuestra vida, en todas las decisiones… No es la novedad por la novedad, la búsqueda de lo nuevo para salir del aburrimiento, como sucede con frecuencia en nuestro tiempo. La novedad que Dios trae a nuestra vida es lo que verdaderamente nos realiza, lo que nos da la verdadera alegría, la verdadera serenidad, porque Dios nos ama y siempre quiere nuestro bien…”

 

Confiamos en Dios y nos abrimos a sus sorpresas. Somos del Señor y, estamos seguros, Él nos conducirá por campos que producirán frutos abundantes. Para ello tenemos que seguir SEMBRANDO la semilla del Reino en las nuevas culturas digitales del mundo y la cultura real de nuestra Iglesia diocesana. En tierra buena y en tierra sospechosa de salitres; a tiempo y a destiempo. Siempre sembrar, siempre cultivar, siempre compartir los frutos.

 

Felicitémonos por los últimos veinticinco años. Muchas gracias a todas las personas que los han hecho realidad en la siembra de cada idea en cada página.

 

Apostemos a las sorpresas de Dios para los siguientes veinticinco. Oremos por los sembradores y cultivadores del futuro.  Seguimos en camino. 

 

Con mi afecto y mi bendición.

+ Sigifredo Noriega Barceló

Obispo de Zacatecas

 

 

La novedad nos da siempre un poco de miedo, porque nos sentimos más seguros si tenemos todo bajo control, si somos nosotros los que construimos, programamos, planificamos nuestra vida, según nuestros esquemas, seguridades, gustos. Y esto nos sucede también con Dios. Con frecuencia lo seguimos, lo acogemos, pero hasta un cierto punto; nos resulta difícil abandonarnos a Él con total confianza, dejando que el Espíritu Santo anime, guíe nuestra vida, en todas las decisiones; tenemos miedo a que Dios nos lleve por caminos nuevos, nos saque de nuestros horizontes con frecuencia limitados, cerrados, egoístas, para abrirnos a los suyos. Pero, en toda la historia de la salvación, cuando Dios se revela, aparece su novedad - Dios ofrece siempre novedad -, trasforma y pide confianza total en Él: Noé, del que todos se ríen, construye un arca y se salva; Abrahán abandona su tierra, aferrado únicamente a una promesa; Moisés se enfrenta al poder del faraón y conduce al pueblo a la libertad; los Apóstoles, de temerosos y encerrados en el cenáculo, salen con valentía para anunciar el Evangelio. No es la novedad por la novedad, la búsqueda de lo nuevo para salir del aburrimiento, como sucede con frecuencia en nuestro tiempo. La novedad que Dios trae a nuestra vida es lo que verdaderamente nos realiza, lo que nos da la verdadera alegría, la verdadera serenidad, porque Dios nos ama y siempre quiere nuestro bien. Preguntémonos hoy: ¿Estamos abiertos a las “sorpresas de Dios”? ¿O nos encerramos, con miedo, a la novedad del Espíritu Santo? ¿Estamos decididos a recorrer los caminos nuevos que la novedad de Dios nos presenta o nos atrincheramos en estructuras caducas, que han perdido la capacidad de respuesta? Nos hará bien hacernos estas preguntas durante toda la jornada.

@signorbar
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Junio de 2013 ©Diócesis de Zacatecas