DIEZ CURADOS, UNO SALVADO

28º. Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C

 

“Ése era un samaritano”, dice Lucas para acentuar el desenlace del texto evangélico  que escuchamos este domingo. “Los usaré (unos sacos con tierra) para construir un altar al Señor, tu Dios”, dice Naamán agradecido al verse curado. Las dos personas habían sido curadas, entre muchas.

 

El leproso del Evangelio no tiene nombre; es doblemente marginado por ser leproso y extranjero. En cambio, el leproso Naamán tiene poder pero la lepra lo dobla y tiene miedo morir sin haber vivido.  Ambos son curados y salvados. Las maravillas de la fe y el misterio de la libertad que agradece para ponerse, otra vez, en camino y participar en el banquete de la vida.

 

Diez leprosos piden curación pero solamente el que vuelve a dar gracias escucha estas palabras: “tu fe te ha salvado”.  Mientras, los otros nueve continúan el camino antiguo, el de la ley de Moisés, que cura pero no salva. El samaritano emprende camino hacia Jesús; es curado y es salvado. Jesús se muestra espléndido con quien vuelve a dar gracias. No es fácil entender y aceptar el drama interior que provoca la fe en Jesucristo.

 

Entre muchas otras lecciones hoy aprendemos que la gratitud es esencial para el discípulo de Jesús. ‘Es de bien nacidos ser agradecidos’ rezan la sabios del pueblo. Celebrar y participar en la  Eucaristía no es un mandato caprichoso de la Iglesia. ¡Es el Misterio/Sacramento de la fe! No hay mejor manera de volver a Jesús para agradecer la redención y comprometerse en la tarea permanente de ser personas agradecidas porque han sido salvadas.  

 

A dar gracias se aprende en casa desde pequeños. Poco a poco vamos reconociendo a las personas a quienes debemos gratitud. No nos extrañe que después de aprender a balbucear ‘mamá’, ‘papá’, aprendemos otra expresión íntimamente ligada: gracias, muchas gracias. No hay melodía más agradable a los oídos del corazón en la familia. Es el indicador más elocuente de que estamos educando en el amor y para el amor... Y Dios es amor.

 

Reconocer los motivos que tenemos para dar gracias es el primer paso de cualquier proceso educativo. Todo inicia en el amor de quienes nos han engendrado. Nuestros padres se amaron y hemos venido a la vida. Me hace pensar mal el que iniciemos la vida exigiendo ‘derechos’ como si ésta  fuera un conjunto de relaciones laborales, un mercado de intereses extraños al amor.  La familia es la escuela indispensable para aprender a vivir en la gratitud.

 

En lo que toca a mi persona, quisiera ser como Naamán y construir un altar al Señor como gesto permanente de gratitud por haber sido ordenado sacerdote en y para la Iglesia hace cuarenta años.

 

Quisiera ser como el discípulo ex leproso de Samaria y volver a Jesús para cantarle acciones de gracias por el gran don del ministerio sacerdotal que me ha permitido vivir –con todo y mis lepras-  anunciando, celebrando e intentando testimoniar su Evangelio.

 

Para ti es mi música, Señor, escribí y canté hace cuarenta años. Ayúdenme a no desentonar, a ser un sacerdote afinado, a volver siempre a Jesús para irradiarlo hasta el fin de mis días en este mundo.

 

Con mi gratitud bendita y mi bendición agradecida.

 

+ Sigifredo

   Obispo de/en Zacatecas

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9 de octubre de 2016  ©Diócesis de Zacatecas