DE LA LIMOSNA A LA SOLIDARIDAD

26º. Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C

 

El Evangelio de este domingo toca fibras muy sensibles. Aunque se puede leer, escuchar e interpretar desde varios ángulos y ámbitos de la vida, hay uno que no debe faltar: la denuncia cruda acerca de nuestro estilo de ser cristianos ante el necesitado.  Lázaro y el rico son personas que encarnan en todo tiempo, en cada familia, en un país, en las diversas situaciones de la historia. Jesús sigue instruyendo a los discípulos que quieren vivir el riesgo de una fe comprometida hasta el fondo.

 

Las primeras generaciones de cristianos hablaban, escribían y practicaban la limosna como signo indispensable para ser considerados testigos auténticos de Jesucristo. La excelencia era el martirio, expresión máxima de caridad. La forma de entender y vivir la limosna era integral, necesaria, clara, oportuna, pertinente, no discutible. No sólo les iba bien a los infaltables ‘lázaros’ que la pedían fuera del templo, o en los pórticos, sino que “nadie pasaba necesidad” gracias al enlace indisoluble fe-caridad. El puente era la práctica de la limosna en cualquier circunstancia. El único muro… el egoísmo soberbio, indiferente, altanero de los ricos.

 

Dos mil años después hablar de limosna parece ofensivo para unos, irrelevante para otros. Si la cotizáramos en la bolsa de valores de la fe diríamos que está a la baja -casi todos los días- en grados, prioridades, rostros. Por otra parte, la cruda realidad nos grita que los ‘lázaros’ están a la alza en número y en niveles de pobreza (si es que los adverbios de cantidad aplican al misterio de todo ser humano).  Además, dar y recibir limosna se ha contaminado por muros de indiferencia, individualismo egoísta, corrupción, mendicidad crónica como forma de vida, sistemas económicos estructuralmente injustos y más. Me temo que  modernos ‘caínes’ anden rondando a la caza de  ‘lázaros’ y ahondando el abismo entre pobres y ricos. ¿Hay salvación? ¿Qué vamos a hacer?  ¿Quién se lanza a construir puentes?

 

Nuestra forma de ser cristianos en el siglo XXI nos debe llevar a ser personas que pasan de practicar ocasionalmente la limosna a ser cultivadores permanentes de solidaridad y fraternidad.   Este cultivar exige sensibilidad creciente hacia los ‘lázaros’ descartados y llagados que tocan las puertas de la justicia y la caridad. De la sensibilidad debemos pasar a las acciones concretas y a los gestos evangélicos de la compasión al estilo Jesucristo. Cada ‘lázaro’ tiene rostro y nombre; es hijo de Dios y también está invitado a entrar en el banquete del Reino. De igual manera cada rico. A los dos se pide conversión a Jesucristo.

 

Los grandes valores del Reino tienen que ver con la limosna que se traduce en fraternidad y solidaridad. Justicia y paz, bondad y verdad son valores incluyentes. Tanto Lázaro como el rico de la parábola, los ‘lázaros’ y los ricos que caminan por nuestras calles, tienen derecho a sentarse a la mesa de la felicidad. Ojalá que en nuestras comunidades cristianas seamos capaces de generar, cultivar y hacer visibles los valores del Reino en las calles de la vida.

 

Con mi afecto y mi bendición.

 

+ Sigifredo

   Obispo de/en Zacatecas

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25 de septiembre de 2016  ©Diócesis de Zacatecas