CREER ¿EN QUIÉN?

9º. Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C

 

Nuestra cultura tiende a valorar por las apariencias. Privilegia la imagen sobre los contenidos, la impresión sobre la verdad, la percepción sobre la realidad, la superficie  sobre lo que hay en el fondo... Me pregunto ¿a qué valores nos referimos cuando hablamos de valores?

 

Aunque estamos recuperando al sujeto sobre el objeto parece ser que caemos con frecuencia en un subjetivismo tal que el bien y los bienes tienen que ver más con el individuo endiosado que con las personas. Prevalece entonces el individuo sobre la persona, lo relativo sobre lo absoluto, la sensación sobre la razón, el yo sobre el otro, lo privado sobre lo público… Así, por ejemplo, entendemos el amor en clave egoísta y los derechos humanos en su interpretación individualista y pragmática. Privamos a estas realidades de su significado comunitario, trascendente, humanizante y humanizador. Esta es la cultura que está emergiendo y que amenaza en convertirse en ley.  

 

Dos temas han ocupado la atención en los últimos días: la posibilidad legal del ‘matrimonio’ entre personas del mismo sexo y la elección de nuevos gobernantes. Me temo que estemos creando una ‘aplicación’ especial, a la medida, de estas realidades que afectan (¿infectan?) instituciones que hasta hoy han inspirado, sustentado y organizado la convivencia humana.

 

El Evangelio que escuchamos este domingo aporta indicaciones precisas para valorar a las personas y avanzar con dignidad en el camino de la vida. La visión y la actitud de Jesús hacia el centurión romano y su siervo es emblemática: se acerca y valora incondicionalmente a las personas, cree en ellas; no se deja llevar por apariencias, ni prejuicios; valora con su corazón compasivo y actúa en consecuencia. Jesús tiene autoridad para salvar, por eso sana al siervo de su enfermedad y al amo de su ‘ilimitado’ poder.   Su respeto a la persona es total y absolutamente universal.

 

La curación del siervo del centurión es enormemente significativa por los gestos que viven las personas. Sobresale la fe de este expagano que acerca a Jesús al necesitado y a éste a una vida con dignidad. Cree en la persona y, por tanto, en la palabra de Jesús; no le pide su compañía, ni su presencia; le basta ‘su palabra’. Sabemos el desenlace. Si el buen samaritano es ejemplo de la compasión en acción, el centurión es de la fe que salva curando.

 

¿Creer en quién?, nos preguntamos en tiempos de confusiones y desconfianzas. La fe que vive el centurión es un modelo a seguir. Al valorar la persona de Jesús y la de su prójimo, confía totalmente que hay quien puede decir palabras que, pronunciadas, transforman la enfermedad en salvación y la oportunidad del encuentro en gracia liberadora y vida digna porque es fraterna.

 

Aprendamos a creer en Dios hasta el fondo. La fe cristiana no debiera ser obstáculo para crear y ‘cultivar’ una cultura humana y humanizadora con derechos, responsabilidades y corresponsabilidades. Sólo así podremos aspirar a vivir con la dignidad de hijos y hermanos, sin corrupciones ni corruptelas. Creer no es tener a Dios y a los demás a nuestra disposición sino ponernos a disposición de Dios y de los demás.  

 

Con mi afecto y bendición.

 

+ Sigifredo

   Obispo de/en Zacatecas

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29 de mayo de 2016  ©Diócesis de Zacatecas