TODOS TENEMOS HAMBRE

19º. Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B

 

 

“Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo”

Juan 6,41-51

 

 

No olvidamos lo que sucedió hace tres años en Mazapil, Zacatecas. La memoria de la caridad trae a nuestro presente el rostro y la historia de 27 personas que murieron trágicamente cuando y donde menos lo esperaban: en peregrinación.  

 

 El sentido de la peregrinación religiosa, bien lo sabemos,  es caminar en el tiempo hacia la casa del Padre recorriendo las calles de la vida, con sus subidas y bajadas,  sus ‘mandas’ y cumplimientos.  Se trata de avanzar, con fatiga, hasta llegar a la mesa del banquete que Dios ha preparado para sus hijos. Nos cuesta trabajo entender y aceptar que un ejercicio espiritual tan querido por nuestra gente termine abrupta y trágicamente.

 

Al bendecir los alimentos pienso en los ausentes. Escucho el silencio del misterio que se refleja en la mirada llorosa de padres, hijos, esposos/as, familiares, vecinos, al ver las sillas que han quedado vacías alrededor de la mesa familiar. Cuesta lágrimas, desconcierto, dudas, impotencia, rebeldías... Volver a servir la mesa, creer en Dios y en el ser humano, ponerse otra vez en camino.  Las fuerzas humanas parecieran agotarse y el intenso dolor ahogar toda esperanza.

 

La Palabra de Dios es siempre oportuna para el peregrino. Hoy, el profeta Elías  aparece queriendo 'tirar la toalla', está al límite de sus fuerzas, quiere mejor morirse. Pero Dios le sale al encuentro con pan y agua, alimento que le devuelve las fuerzas y la esperanza. Alimentado con el don del cielo, se levanta y sigue caminando.  Este mismo alimento está al alcance de la fe ante la tragedia y los dramas cotidianos que vivimos. Dios sale a nuestro encuentro en el camino y nos ofrece el pan de vida y el agua refrescante de Jesucristo, enviado del Padre.

 

El evangelio habla, partiendo de la necesidad de comer, de la realidad más profunda de la vida: el sentido de la existencia y del peregrinar del ser humano; también del único alimento capaz de satisfacer el hambre que el peregrino experimenta en los valles oscuros de la vida. En torno a esta realidad giran las afirmaciones de la resurrección, la fe que garantiza no morir para siempre, el cuerpo de Jesús como alimento para que el mundo tenga vida.

 

La palabra de este día es una invitación clara y esperanzadora para comer al Señor y comulgar con Él. La fe en Él, don y compromiso, es capaz de abrirnos hacia el futuro de Dios; nos da la capacidad de aceptar la tribulación, madurar y encontrar en ella un sentido mediante la unión con Cristo que ha sufrido con amor eterno. Ahora comprendo mejor el porqué del peregrinar de la gente sencilla ante las imágenes  del Cristo doliente y sufriente.

 

 Dios nos entrega a su Hijo para ser alimento duradero y viático en el camino. Cuando hacemos nuestros los planes de Dios  hemos comenzado a alimentarnos de Dios. Todos los demás alimentos tienen fecha de caducidad. Podemos y debemos seguir pidiendo: Señor, danos siempre, del pan de vida.

 

Los bendigo desde la mesa de la Eucaristía... en Zacatecas.

 

+ Sigifredo

   Obispo de/en Zacatecas

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22 de julio de 2018  ©Diócesis de Zacatecas