EL PAN QUE NOS ARRANCA DE LA MUERTE

20º. Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B

 

Sigue habiendo preguntas acerca de lo sucedido recientemente en Mazapil. Son planteadas, de muchas maneras, por personas a quienes ha tocado de cerca la tragedia y por otras que son cuestionadas por el acontecimiento.  La respuesta  no está al alcance de un clic. Los ‘hubiera’, los deseos, sentimientos y razonamientos  aportan algo,  alivian poco. La presencia de la solidaridad y la cercanía de la fraternidad aportan mucho más, alivian más, pero no lo suficiente como para acallar el llanto de deudos y víctimas.  Existe  la tentación del debilitamiento de la fe, la desesperación y el vacío.

 

Para el creyente, solamente la fe en el Dios de Jesucristo puede ser  luz en la oscuridad. No disipa todas los interrogantes, pero indica los pasos a dar en el camino para aceptar y superar el sufrimiento. No nos da automáticamente la fuerza que necesitamos, pero sí  la capacidad de dar sentido a lo que parece absurdo y la seguridad de que no estamos solos en la tribulación. La fe-confianza en Dios nos abre a posibilidades que nosotros no podemos ni siquiera imaginar.

 

Providencialmente hemos escuchado estos domingos la catequesis más impresionante acerca de misterios que encierra la vida y la muerte del peregrino. Tras la multiplicación de los panes, Jesús conduce a sus oyentes a la aceptación de su persona. Quien les dio pan hasta saciarse se revela como el Pan que asegura la vida. Quien les salvó del hambre un día, les salvará de la muerte para siempre.

 

Jesús parte de la necesidad-evidencia-experiencia humana básica del comer: la vida viene del pan que comemos; pero, tanto el pan como la vida, se terminan con la muerte. El pan bajado del cielo, es decir, la persona de Jesús, es la respuesta definitiva de Dios a toda hambre: “El que coma de este pan vivirá para siempre”.

 

Las dificultades  para creer/aceptar que encuentran los judíos de aquel tiempo las encontramos los peregrinos de este tiempo. Jesús subsana los ‘peros’ que podemos poner: “Yo les aseguro que, si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no podrán tener vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día”.

 

Esta es la plenitud del anuncio divino a los interrogantes más profundamente humanos que puedan existir ante cualquier situación. Lo que resulta asombroso, difícil de digerir, chocante, en el discurso de Jesús es que sin alimentarnos de su carne, sin beber de su sangre, no hay vida posible. Vivir, entonces, consiste en alimentarnos de Jesús, asimilar su persona, comulgarlo, estar de acuerdo con Él.

 

Este texto evangélico es anuncio de la Eucaristía. Es la sabiduría para/de la vida (primera lectura). Alimentándonos de Jesús nos saciaremos de Dios. Privándonos de la Eucaristía, agrandamos nuestra necesidad y seguimos en la oscuridad de las sombras ante la vida y ante la muerte.

 

Los bendigo desde el altar de la Eucaristía.

 

+ Sigifredo

   Obispo de/en Zacatecas

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16 de Agosto de 2015  ©Diócesis de Zacatecas