TODOS TENEMOS HAMBRE

19º. Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B

 

El miércoles pasado terminamos, simbólicamente, la peregrinación que 27 hermanos nuestros concluyeron en la casa del Padre, otros en camas de hospital y cientos en la aflicción de la tribulación. Celebramos la Eucaristía en el lugar del accidente e hicimos un largo rito de salida, caminando hacia el templo, donde se venera, desde 1695,  la imagen de nuestro Padre Jesús.

 

  El sentido de la peregrinación religiosa es caminar, en el tiempo, hacia la casa del Padre recorriendo las calles de la vida, con sus subidas y bajadas,  sus ‘mandas’ y cumplimientos; se trata de avanzar, con fatiga, hasta llegar a la mesa del banquete que Dios ha preparado para sus hijos. Nos cuesta trabajo entender y aceptar que un ejercicio espiritual tan querido por nuestra gente termine abrupta y trágicamente.

 

En los últimos días, al bendecir los alimentos,  he pensado en los ausentes; sigo escuchando  el silencio del misterio que se refleja en la mirada llorosa de padres, hijos, esposos, familiares, vecinos, al ver las sillas que han quedado vacías alrededor de la mesa familiar. Cuesta lágrimas, desconcierto, dudas, impotencia, rebeldías...  volver a servir la mesa, creer en Dios y en el ser humano, ponerse otra vez en camino.  Las fuerzas humanas parecieran agotarse y el intenso dolor ahogar toda esperanza.

 

La Palabra de Dios es siempre oportuna para el peregrino. Hoy, el profeta Elías  aparece  queriendo 'tirar la toalla' ante el fracaso de la misión encomendada; está al límite de sus fuerzas, quiere mejor morirse. Pero Dios le sale al encuentro con pan y agua, alimento que le devuelve las fuerzas y la esperanza. Alimentado con el don del cielo, se levanta y sigue caminando.  Este mismo alimento está al alcance de la fe ante la tragedia y los dramas cotidianos que vivimos. Dios sale a nuestro encuentro en el camino y nos ofrece el pan de vida y el agua refrescante de Jesucristo, enviado del Padre.

 

El evangelio habla, partiendo de la necesidad de comer, de la realidad más profunda de la vida:  el sentido de la existencia y del peregrinar del ser humano; también del único alimento capaz de satisfacer el  hambre que el peregrino experimenta en los valles oscuros de la vida. En torno a esta realidad giran las afirmaciones de la resurrección, la fe que garantiza que no morir para siempre, el cuerpo de Jesús como alimento para que el mundo tenga vida.

 

La palabra de este día es una invitación clara y esperanzadora para comer al Señor y comulgar con Él. La fe en Él, don y compromiso, es capaz de abrirnos hacia el futuro de Dios; nos da la capacidad de aceptar la tribulación, madurar en ella y encontrar en ella un sentido mediante la unión con Cristo, que ha sufrido con amor infinito. Ahora comprendo mejor el porqué del peregrinar de la gente sencilla ante la imagen dolorosa de nuestro ‘Padre Jesús’.

 

 Dios nos entrega a su Hijo para ser alimento duradero y viático en el camino. Cuando los planes de Dios son los nuestros,  entonces hemos comenzado a alimentarnos de Dios. Todos los demás alimentos caducan en un ratito. Podemos y debemos seguir pidiendo: Señor, danos siempre, del pan de vida.

 

Los bendigo desde la mesa de la Eucaristía.

 

+ Sigifredo

   Obispo de/en Zacatecas

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09 de Agosto de 2015  ©Diócesis de Zacatecas