PAPÁ COMPARTE EL PAN

17o. Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B

 

Mi papá está cumpliendo sus primeros noventa años. Es seis veces quinceañero con todo lo que implican los 15 y más en el camino de la vida. El primer sentimiento es de gratitud a Dios y a él que ha vivido compartiendo el pan de la vida de cada día. Desde luego, también es de compromiso para sus nueve hijos, nietos, bisnietos y tataranietos. Se llama Pablo pero me gusta decirle Pablito; así le llamaba la persona que le compartió el pan de manera generosa, desinteresada, comprometida, en los momentos más difíciles de su caminar por la vida.

 

La palabra de Dios aplica a todas las personas, en cualquier edad o circunstancia. Puede ser leída, escuchada e interpretada también desde la perspectiva de los padres y de los hijos. Me atrevo a 'meter la cuchara' como uno de los hijos de Pablito.  Comparto tres reflexiones que me sugiere el Evangelio de este domingo.

 

Una, el escenario donde Juan sitúa la multiplicación de los panes es la montaña y una multitud de gente necesitada y hambrienta que busca a Jesús y quiere (?) seguirlo. Montaña y gente necesitada, dos realidades presentes en la vida de toda persona. Dios nuestro Padre no obliga a sus hijos a subir a la montaña, ni a buscarlo. El gesto de invitarlos a sentarse para comer es un signo de libertad y de seres con dignidad. La fe en Dios (encuentro en la montaña) nos dignifica y hace posible el milagro de la multiplicación. En muchas ocasiones oí decir a mi padre  "voy al monte a campear". Ahora comprendo mejor que era, no sólo para seguir la huella de una vaca, sino para multiplicar el alimento en la mesa común de la familia. 

 

Dos, Jesús interactúa con sus discípulos, en especial con Felipe y Andrés. Pide opinión al realista Felipe y atiende la agudeza de la fe de Andrés. Jesús "sabía lo que iba a hacer", añade el evangelista... Uno, como hijo, pocas veces se da cuenta de lo que platican nuestros padres cuando hay necesidades apremiantes que no pueden esperar para mañana. Realismo y confianza en Dios, son el principio de la solución. ¿Cuántas veces se habrán conjugado en noventa años? La memoria del corazón me invita a la gratitud a mi madre, hermanos, abuelos, tíos, primos, vecinos... La vida compartida y repartida es vida en comunidad, aunque haya momentos pasajeros de soledad y de angustias.

 

Tres, "aquí hay un muchacho que trae cinco panes de cebada y dos pescados". Jesús toma el poco alimento que tenían, da gracias y lo reparte. Alcanza para todos; el amor que está en el gesto de compartir/repartir no tiene límites. Pienso en la construcción del Reino de Dios, en la Eucaristía, en la familia. Jesús parte de lo poco o mucho que tenemos para multiplicar la fe/esperanza/caridad. Es la lógica de Dios, la lógica de la fe en Dios. Nosotros pensamos en sumar y restar; Dios 'piensa' siempre en multiplicar. El milagro de los panes y los peces se produce cada día y mil veces en la mesa/hogar familiar siempre que uno entrega el corazón de padre, hijo, hermano, prójimo. Con razón nuestros padres/catequistas nos han enseñado a participar en la mesa del altar de la Eucaristía para que ésta se irradie en la mesa familiar y en el compartir/repartir el pan de cada día. 

 

Muchas gracias, papás, mamás, hermanos, hermanas... por enseñarnos a vivir como cristianos comprometidos.

 

Los bendigo desde el altar del templo parroquial de Granados y desde la mesa de la familia Noriega Barceló.

 

+ Sigifredo

   Obispo de /en Zacatecas

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26 de Julio de 2015  ©Diócesis de Zacatecas