TENTADOS

1er. Domingo de Cuaresma. Ciclo B

 

‘Cuarenta días de esperanza’ leí, hace días, a propósito del tiempo de Cuaresma. No se me había ocurrido. Había dejado la esperanza como tema de meditación para el tiempo de Adviento y, asociada con la alegría, para el gran tiempo de Pascua. ¡Cuarenta días de esperanza! Le daba vueltas en la mente y no daba ‘pie con bolas’. Me asomé por una ventanilla al corazón, miré alrededor y empecé a saborear la esperanza como ingrediente indispensable de la Cuaresma, de la ceniza del miércoles, del sentido del “toma la cruz de cada día y sígueme”,  del “conviértanse y crean en el Evangelio”. 

 

Abordamos este tiempo con la esperanza de subir y llegar al Monte Calvario donde se entierra el árbol de la Cruz, la piedra del sepulcro será quitada el día de la Resurrección y el único lugar desde donde se divisa el horizonte final de la creación.

 

La Cuaresma aporta el trazo del camino, las señales del tránsito, los ‘aguajes’ para satisfacer la sed del peregrino, la medicina de la misericordia. Es tiempo favorable para ejercitar los músculos del ánimo (del alma) y el espíritu que sostiene, inspira, levanta, motiva al que se ha decidido a emprender la subida hacia el santuario donde se ha realizado definitivamente el “tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo único”.

 

Sin esperanza no hay conversión y la conversión no tiene sentido si carece del motor de la esperanza. El tiempo de Cuaresma es una invocación que hacemos durante cuarenta días para que el Señor “tenga piedad de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna”.

 

Convertirse es creer en Jesús, volver a centrar la vida en Él y no en nuestros asuntos, dejar que los valores de su Reino (¡venga a nosotros tu reino!) muevan y transformen el mercado de bienes materiales al que hemos reducido la razón de ser de la existencia con sus competencias y luchas. El tiempo de Cuaresma es, por eso, tiempo siempre oportuno para volver a casa, al hogar de los hijos de Dios de donde nunca debimos haber huido, al hogar de la fraternidad, condición indispensable para desterrar las violencias que truncan la esperanza de tantos peregrinos de/en la vida.

 

En el evangelio de san Marcos todo es escueto y rápido. Hoy escuchamos cómo Jesús, inmediatamente después de ser bautizado, es impulsado por el Espíritu al desierto donde permaneció cuarenta días y fue tentado por Satanás.  Fue tentado para que no cumpliera su misión, es decir, para que la esperanza de salvación de la humanidad entera se deshiciera en polvo, en indiferencia amorfa, en el vacío absurdo de la existencia de todos los vivientes: “Vivió allí entre animales salvajes, y los ángeles le servían”.  

 

¿Cuál es nuestra tentación principal al iniciar el camino de la Cuaresma?  De que somos tentados, somos tentados... Dejémonos empujar por el Espíritu al desierto cuaresmal (el desierto también existe en la ciudad).

 

Oro por ustedes para que les sirvan los ángeles.

 

 + Sigifredo

    Obispo de/en Zacatecas

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22  de febrero de 2015  ©Diócesis de Zacatecas