UN PUEBLO SABIO Y PRUDENTE

22o. Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B

 

Un nuevo ciclo escolar ha iniciado. Las preocupaciones, gastos, desgastes y 'carreras' de padres/madres/tutores/maestros/maestras/autoridades tienen un fin: el hijo educado, un ser humano de bien, un pueblo sabio y prudente. ¿Sabio y prudente? Estoy seguro de que no esperan sólo buenas calificaciones para pasar de año, mucho menos tener un lugar seguro para 'guardar' a los hijos mientras ellos y ellas se ocupan de otros menesteres.

 

He visto fotos de mamás/papás emocionados hasta las lágrimas al dejar a sus niños en la puerta de la escuela. Tanto para padres como para sus hijos es un gesto que va más allá de un desprendimiento momentáneo, emocional, protocolario. Veo ahí un simbolismo que trasciende la foto y el beso: el hijo inicia/continúa otra etapa de vida donde recibirá herramientas y desarrollará competencias para seguir aprendiendo el siempre necesario, dramático y emocionante arte de vivir. 

 

Sin decirlo con palabras, el padre/madre piensa en su corazón que el futuro deseado del hijo se construye ahí, en el presente vivido, en la familia y la escuela. No me extraña que el gesto sea muy humano y, por eso mismo, muy religioso: la bendición y la señal de la cruz al salir de casa y al llegar a la puerta de la escuela.  Familia y escuela se necesitan interactuando. La fe en Dios ilumina al proporcionar la presencia que da sentido, confianza y fortaleza. ¿Estudiantes sabios y prudentes serán el fruto en un futuro cercano?

 

Educar para crecer y transformar ha sido el anhelo de muchas familias-escuelas. No siempre ha habido los frutos esperados. El corazón humano se puede corromper, pervertir, engañar, hacerse mediocre, latir sin dirección... Es la queja y el regaño de Jesús hoy, en el Evangelio, al hablar de lo puro y lo impuro en la relación con paganos, personas, tiempos y alimentos.

 

El pueblo de Israel, llamado a ser un pueblo sabio y prudente (primera lectura) ante los pueblos vecinos, si observaba los mandamientos, fue cayendo en la mala costumbre de un ritualismo vacío, sin compromiso en el arte de vivir. Ni la vida interior, ni el prójimo vecino, ni la fidelidad al Dios de sus padres, importaban; les bastaba el protocolo exterior para obtener una falsa tranquilidad de conciencia.

 

El Evangelio de Jesús nos invita a ir al interior del corazón humano para ser fieles a Dios, gestores de fraternidad y obreros de un mundo más humanizado. Al iniciar un nuevo curso escolar tenemos la oportunidad de volver a plantear lo básico de toda educación: ¿Para qué ir a la escuela? ¿Para qué estudiar? ¿Qué estudiar? ¿Cómo estudiar? ¿Qué ser humano buscamos formar? Son preguntas/inquietudes de muchos. La deserción de estudiantes -sobre todo en la adolescencia- no es solamente por razones económicas. Me pregunto si no está detrás la cuestión  crucial acerca del sentido de la vida en un mundo en el que parece prevalecer la tiranía de la economía, la superficialidad, la apariencia, la creación de nuevos ritos sin vida.

 

Un pueblo mexicano sabio y prudente es posible si nuestra fe es accionada e interactuada en todos los ámbitos educativos.

 

Los bendigo desde Ensenada.

 

+ Sigifredo

Obispo de/en Zacatecas

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30 de Agosto de 2015  ©Diócesis de Zacatecas