MI PAPÁ NO TIENE MIEDO

12º. Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B

 

Hoy celebramos el día del padre. Éste no tiene el mismo precio comercial que el día de la madre. ¿Cuestión de mercado? ¿Cultura? ¿Costumbre? ¿Falta de méritos?  ¿Ingratitud?

 

El hecho y los hechos están aquí y allá. Recordar y celebrar el día del padre despierta sentimientos de gratitud filial, intentos de acercamiento, expresiones festivas... También cuestiona las formas (y ‘deformas’) de ser padre. La voz de la conciencia no deja de llamar al reconocimiento y la responsabilidad ante la vida a pesar de decretos legales que quieren separar la paternidad del matrimonio y de la familia.  

 

Ser padre es participar en la generación, educación y  maduración de la vida. Es una experiencia inigualable que ningún laboratorio químico, ni legal, pueden suplir. Para ser padre es necesario que participen varias personas: la madre, el hijo, las generaciones anteriores, la sociedad, la cultura, Dios… La sola ciencia es incapaz de tejer las relaciones necesarias que implica la paternidad; ésta es misterio de amor fecundo y multiplicado.

 

El Evangelio de este domingo del padre habla de tempestad y miedos, de presencias y fe-confianza. El primer grupo de discípulos del Señor debió enfrentar la adversidad de los vientos en contra, la arrogancia de las olas (Job),  en un mar embravecido sin orillas visibles y alcanzables. Son las amenazas que obstaculizan la fe que no termina de enraizarse bien. De ahí los miedos a que la barca se hunda en la profundidad de la nada. Los miedos…

 

La solución está en las fortalezas de la fe en el Señor. “¿Quién es éste?”, es pregunta que se sitúa entre la admiración y la fe. “¿Por qué tenían tanto miedo? ¿Aún no tienen fe?”, es la evaluación que tienen que resolver los padres discípulos y los discípulos padres. La admiración suscitada por el milagro da paso a la fe confiada y comprometida. La fe-confianza vence los miedos paralizantes, la barca sigue la ruta de la fe y la presencia del Señor es garantía de seguridad y salvación.

 

“Mi papá no tiene miedo”, pensaba, sentía y disfrutaba de/desde niño. Es la experiencia filial más remota que recuerdo.

No sé si papá ya había superado las tempestades inevitables de la paternidad-maternidad. El caso es que al ver a papá seguro de sí mismo, con una fe más grande que el cerro de la Perinola, me dejaba cargar en sus brazos; esto me proporcionaba toda la confianza que necesitaba para crecer y madurar.

 

Papá y todos nos jugamos la vida en los mares de la familia,  el trabajo, la salud, la enfermedad, los conflictos, los vecinos, la fidelidad prometida, la educación, las búsquedas, las zonas no maduras de la personalidad… en los imprevistos que nos sobresaltan y amenazan hacer zozobrar los sueños paternales y filiales. Cuando miramos hacia el Señor nos despertamos con nuevos bríos y los miedos se transforman en confianza y alegría de vivir.

 

Día del padre y ¿quién es éste, a quien el viento y el mar obedecen?  Humana y divina combinación. En el tiempo y en la eternidad.

 

Muchas gracias, papá. Felicidades, papás. Demos gracias al Señor por sus bondades, respondemos con el salmista.

 

Los abrazo y los bendigo.

 

+ Sigifredo

   Obispo de/en Zacatecas

@signorbar
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21 de Agosto de 2015  ©Diócesis de Zacatecas