LUZ Y GLORIA

Fiesta de la Presentación del Señor. Cuarta semana del T.O.

   Pareciera el nombre de un vals compuesto por un enamorado o una enamorada cuando los fuertes sentimientos/emociones/afectos del corazón se expresaban a través de este género musical... Qué va, ya no es así… El nombre se me ha ocurrido al meditar el Evangelio del 2 de febrero que, en 2014, cae en día domingo. Me imagino al Niño de cuarenta días de nacido, bien envueltito como tamal (quizás por eso este día se reparten tamales, según la tradición mexicana). Miro a su alrededor y veo a sus padres, María y José, inmersos en la vivencia de los valores religiosos (contenidos y urgidos por la Ley de Moisés) que  regían la vida familiar y social de su tiempo; en efecto, el rito que cumplen era indicativo de la vivencia del sentido de pertenencia al pueblo de Israel. Veo también el cabal cumplimiento de la esperanza del pueblo de Israel que se refleja en las palabras/convicción del anciano Simeón y en el silencio/servicio alegre y  comprometido de la anciana Ana. Los dos ancianos representan también a la humanidad que acoge y acogerá la salvación/redención ofrecida y traída por este Niño, el Señor (fiesta de la presentación del Señor). En el nacimiento fueron los ángeles y los pastores que cantaron gloria a Dios en el cielo… Ahora son estos ‘justos y temerosos de Dios’ que gritan, a todo lo que dan sus años y su temor de Dios: “Mis ojos han visto a tu Salvador, al que has preparado para bien de todos los pueblos; luz que alumbra a todas las naciones y gloria de tu pueblo de Israel”. Luz y gloria, promesa y cumplimiento… Luz que alumbra y gloria que pasa por el anuncio de la muerte/resurrección… El plan del Dios eterno que se va encarnando en el tiempo y los planes de los seres humanos y sus pueblos que penosamente van acogiendo la salvación… Claridad y contradicción… El tiempo de Dios en el curso de la historia humana… Gozo y admiración… Presentación en el templo antiguo y apertura universal del Nuevo Templo… De Nazaret a Jerusalén y de Jerusalén a Nazaret… Luz y gloria en la eternidad y en el tiempo. ¡Oh, gran misterio del amor de Dios! ¡Misterio de fe luminosa! ¡Gracias, Señor, por hacerte tan pequeño para que no tengamos miedo!

   Son tantos los temas y contenidos de fe luminosa y alegre que se expresan en esta fiesta que no basta una sola forma para celebrarlo.  La liturgia de la Iglesia y la piedad popular han plasmado, en diversas y bellas formas, los misterios que celebramos el dos de febrero. El nombre litúrgico de la fiesta es la Presentación del Señor; la fiesta es de Cristo, principalmente; en algunas familias hasta hoy se levanta del pesebre al Niño…  Los cuarenta días después del nacimiento de Jesús han propiciado que la atención se centre en la Purificación de María… El simbolismo de la luz (Jesús, luz de las naciones… Mis ojos han visto al Salvador) se ha expresado  con velas (candela = vela, en latín) y procesiones. Se ha unido a la Virgen María con las velas y ha dado lugar al nombre de la fiesta de la Candelaria y de la Virgen de la Candelaria. Cada pueblo ha creado, conservado y transmite su forma de celebrarlo. De cualquier modo, es una celebración festiva. En los últimos años se ha añadido la costumbre de compartir alimentos (principalmente tamales), levantar al Niño con sus respectivos compadrazgos y otros modos. Así se clausuran las solemnidades de la manifestación o Epifanía del Señor a los hombres por medio de la Palabra hecha carne. Nuestra fe en el Señor es también fuente y alimento de expresiones exquisitas de la belleza del Misterio de la Encarnación.

   ¿Con qué nos quedamos después de celebrar gozosamente esta fiesta? No sé cuál es o vaya a ser tu respuesta. De mi parte, me quedo con la fe bien alimentada al admirar las maravillas de la encarnación: Dios ha entrado hasta el fondo de la historia humana y sus entrañables misterios. La fe en Cristo es luz que alumbra/ilumina/enciende todos los recovecos que encontramos y encontraremos en nuestro peregrinar en el tiempo. Ojalá podamos profesar la fe como lo hicieron Simeón y Ana, María y José, tantos creyentes en el trascurrir de la historia.  Con la luz de la fe podemos vislumbrar nuestra futura glorificación  ya anticipada en el tiempo presente. “Señor, ya puedes dejar morir en paz a tu siervo”, acepta sereno y esperanzado Simeón. “Dios lo/la tenga en su santa gloria”, ha traducido nuestra gente sencilla, que tan bien domina el idioma de la fe. No les extrañe que el rito de entrada de la Eucaristía de este día inicie con la sencillez de la bendición de las velas y la procesión. No tenemos mejor forma de entrar, también nosotros, en el Misterio/Santuario de Dios.

   ¡Felicidades a todas las expresiones de la Vida Consagrada!

   Con mi afecto y la vela de la fe encendida como bendición.

 

+ Sigifredo

   Obispo de Zacatecas

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24 de diciembre de 2014  ©Diócesis de Zacatecas