A-TENTADOS  Y TENTACIONES

Primer Domingo de Cuaresma. Ciclo A

   Confieso que he caído en la tentación más de una vez. Es mi cuaresma número sesenta y dos. En las anteriores había tenido, no sé si atentados y/o tentaciones.  El caso de la vida real es que caí en la tentación de buscar la historia/significado de la palabra tentación en mi inseparable Diccionario Etimológico de la Lengua Española. Comparto el resultado. ‘Tentar’ viene del verbo latino tentare, temptare. Significa tocar, palpar, sentir; excitar, inducir, instigar; examinar, tratar de saber, atacar… Las palabras también tienen su historia, breve o larga y, seguramente, no han sufrido tentaciones de cambiar la historia de su significado porque no se mandan solas, no son libres. He encontrado verbos parientes de tentar, tentación, tentáculos: a-tentar, in-tentar, con-tentar. Estos verbos, que usamos en el diario vivir, tienen que ver con las variadas batallas (aunque no seamos belicosos públicos) que todo ser libre ha de librar (valga la redundancia). ¡El ganador fue, es, será!

   Queda claro que los seres humanos somos los únicos portadores del gene/¿cromosoma? de la tentación  y de sucesivos atentados, in-tentos repetidos y con-tentaciones pasajeras. Ahí/allí está el mapa de nuestro genoma, herido y con cicatrices visibles. La experiencia de la ‘prueba’ recorre toda la vida. La razón es evidente: somos libres. Dios, nuestro Padre y Padre nuestro, nos ha hecho a su imagen y semejanza; muy bien hechos, por cierto. Lo escuchamos en la primera lectura. Cuando Dios termina su creación se regocija por la belleza, unidad y  bondad de su obra maestra. A esa perfección le añade el don sublime de la libertad a sabiendas del riesgo y los riesgos de sus hijos amados. En efecto, vio Dios que todo estaba muy bien hecho. Pero… Lo escuchamos también hoy. El ‘libre arbitrio’, ‘el libre albedrío’, incluye la posibilidad de tomar otras opciones que no van de acuerdo con el plan/diseño original de Dios. Aparece la posibilidad/realidad del pecado…  El misterio de la libertad emparenta con el misterio del mal que puede venir de dentro (naturaleza humana herida) o de fuera (el tentador que a-tenta permanentemente) o de ambos lados. El optar/aceptar/decidirnos es tarea diaria. Somos inevitablemente tentados en aquello que más nos duele.

   Con el signo de la ceniza hemos iniciado el tiempo litúrgico de la cuaresma. El primer domingo nos invita a poner los pies sobre la tierra y el oscuro mundo de la tentación y el submundo de las variadísimas tentaciones antiguas, modernas y posmodernas. Contemplamos a Jesús, Hijo del hombre e Hijo de Dios, experimentando lo que todo ser humano ha experimentado, experimenta y experimentará: la tentación de ‘salirse con la suya’, salirse del camino, de la pista, del plan de Dios, de la voluntad de Dios. Medita san Agustín: “Cristo hubiera podido no permitir ser tentado por el diablo, pero si Él no hubiera sido tentado, no pudiera haberte enseñado el modo de vencer la tentación”.

   Con el signo de la ceniza nos hemos puesto en el camino de la vuelta a la casa paterna-materna de Dios, la vuelta a la dignidad original de hijos de Dios, el camino de la conversión. El desierto cuaresmal nos recuerda que el desierto de la vida es el espacio-tiempo intermitente donde la libertad de los hijos necesita de un discernimiento/vigilancia permanente. En el camino del creyente (también del indiferente, el agnóstico y el ateo) hay trampas muy bien disimuladas que parecen ‘cosa de Dios’, pero encierran un culto a la propia voluntad, a una autonomía estilo Adán-Eva y, por tanto, un alejamiento de Dios. ‘Excusas auto-divinas’ para hacer ‘mi santa voluntad’. Estamos avisados por la experiencia de tantos contemporáneos que, al alejarnos de Dios y/o hacernos un dios por catálogo, terminamos adorando a la ‘santa muerte’, convirtiendo la familia/los hijos en un estorbo y al hermano en una amenaza. Destruimos la creación. Lo que Dios hizo muy bien, nosotros lo convertimos en chatarra.  El Papa Francisco nos recuerda que en el interior de la Iglesia experimentamos las tentaciones de la mundanidad espiritual, la guerra entre nosotros y la acedia egoísta, entre otras. (cf. El gozo del Evangelio, nn.76 -109)

   La humildad que ha supuesto ‘tomar la ceniza’ es buen indicador de que lo que hemos iniciado tendrá un final de gracia y compromiso: Dios, fiel y misericordioso, renueva su alianza; nosotros, hijos frágiles pero amorosos, disfrutaremos los gozos de la Pascua. Todavía es tiempo de ponernos en camino.

   Dios nos conceda una santa cuaresma y nosotros también.

   Con mi afecto y mi bendición cuaresmal.

 

+ Sigifredo

Obispo de/en Zacatecas

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24 de diciembre de 2014  ©Diócesis de Zacatecas